
En los últimos años, los términos se han solapado y las clasificaciones han cambiado, mientras que las recomendaciones terapéuticas han ganado precisión. A la hora de abordar este reto, es necesario la detección e intervención temprana ganando mejores resultados en el desarrollo cognitivo y social del niño.
Cuando evaluamos a un niño de entre 18 y 36 meses con un vocabulario expresivo por debajo de lo esperado, hablamos de retraso del lenguaje.
Un alto porcentaje se recuperará espontáneamente y otro evolucionará a un trastorno persistente. En este punto, el déficit receptivo (comprensión) siempre indica un peor pronóstico que el puramente expresivo y es el principal dato que nos obliga a no esperar.
Si la dificultad de comprensión o expresión persiste, afecta al día a día y no se explica por sordera, discapacidad intelectual, trastorno del espectro autista o lesión neurológica, nos encontramos ante un trastorno del desarrollo del lenguaje, abandonando el antiguo término “trastorno específico del lenguaje” o TEL.
A la hora de documentarlo, es vital especificar los dominios afectados: el léxico-semántico (vocabulario), el morfosintáctico (gramática y longitud de oraciones) o el pragmático-comunicativo (uso social). Separar estos planos de los simples trastornos de los sonidos del habla (fonológicos o articulatorios) o de la apraxia, evita derivar o tratar al niño con la intervención equivocada.
La mayoría de los niños sigue una secuencia predecible donde la comprensión siempre supera a la expresión. De 0 a 6 meses, el bebé se orienta al sonido, se calma con voces familiares y tiene un llanto diferenciado. Entre los 6 y 12 meses aparece el balbuceo canónico (“ba-ba”, “ma-ma”), responde a su nombre y surgen los gestos comunicativos. El uso de gestos (señalar, ofrecer) hacia los 12 meses predice el desarrollo posterior del vocabulario. Hacia los 12-18 meses, entienden órdenes sencillas y dicen sus primeras palabras con verdadera intención (alcanzando unas 10-50 palabras a los 18 meses).
Entre los 18 y 24 meses se produce la explosión de vocabulario y aparecen las primeras combinaciones de dos palabras. De 2 a 3 años ya comprenden órdenes de dos pasos y forman frases de 2 a 3 palabras. Hacia los 3 a 4 años narran experiencias sencillas y comprenden el “por qué”, y de 4 a 5 años su gramática es casi completa y siguen historias de tres pasos.
Los hitos clásicos de alerta que nos obligan a intervenir son: ausencia de balbuceo a los 12 meses, ausencia de palabras sueltas a los 16 meses y falta de combinaciones de dos palabras a los 24 meses. Además, la regresión del lenguaje o de habilidades sociales a cualquier edad nunca es normal; es una bandera roja crítica que exige valorar inmediatamente un TEA o epilepsia.
No debemos atribuir un retraso a una causa “del desarrollo” sin realizar un cribado auditivo previo. Si un bebé falla la prueba inicial neonatal (frecuente por restos de vérnix), se debe repetir antes del alta. La regla de oro es la Regla 1-3-6: cribado antes del 1 mes, diagnóstico antes de los 3 meses e intervención antes de los 6 meses. Sin embargo, pasar este cribado no descarta la sordera futura. Existe una pérdida auditiva de inicio tardío, siendo el citomegalovirus congénito la causa no genética más común, lo que obliga a reevaluar a los lactantes de alto riesgo (UCI, gentamicina) hasta los 24-30 meses. Si la sordera es aislada y de origen desconocido, la mutación del gen GJB2 (conexina 26) es la prueba genética de primera línea.
En atención primaria, la otitis media con derrame es la causa más común de pérdida auditiva conductiva, visible en timpanometría como una de trazado plano. Su manejo inicial es esperar 3 meses, pero si persiste, se deriva para tubos de timpanostomía. La presencia de fosas preauriculares combinadas con sordera sugiere el síndrome branquio-oto-renal, exigiendo una ecografía renal.
Existen niños con audiometría normal que no entienden en aulas ruidosas, sugiriendo un trastorno del procesamiento auditivo central (el problema está en el cerebro, no en el oído).
Para los casos graves de pérdida auditiva profunda, los implantes cocleares están aprobados desde los 9 meses; implantar antes de los 2 años aprovecha al máximo la neuroplasticidad cerebral, cambiando drásticamente el pronóstico cognitivo del niño.
Cerca del 9,9 % de los niños presenta dificultades del desarrollo del lenguaje al inicio de la escolarización (un 7,6 % corresponde a trastorno del desarrollo del lenguaje aislado y un 2,3 % a causas asociadas como hipoacusia o TEA). Esto equivale a unos 2 niños por aula de 30, siendo la prevalencia hasta 2,5 veces mayor en zonas de privación socioeconómica.
Aunque no hay diferencias por sexo en los estudios poblacionales, vemos más niños en consulta, lo que sugiere un claro infradiagnóstico en niñas. Mientras que muchos “hablantes tardíos” puros alcanzan la normalidad, el trastorno del desarrollo del lenguaje persiste en el tiempo. Los niños afectados van unos 2 o 3 años por detrás de sus iguales en la escuela y mantienen un alto riesgo en el aprendizaje de la lectoescritura.
La reciente guía de práctica clínica interdisciplinar alemana establece pautas basadas en la evidencia internacional que destierran el “esperar a ver si evoluciona”. Hay que intervenir pronto, a partir de los 2 años si hay factores de riesgo.
Si el retraso es puramente expresivo, la primera línea es el entrenamiento a los padres (pautas para hablar durante las rutinas, lectura compartida diaria y reducción drástica de pantallas), lo cual ha demostrado un gran impacto.
Si existe un componente receptivo, se exige terapia logopédica directa. La terapia debe dirigirse específicamente al área afectada (léxico-semántica o morfosintáctica), combinando métodos implícitos y apoyos visuales. Por su parte, los trastornos puramente fonológicos se abordan con un enfoque motor y no constituyen un problema de desarrollo por sí mismos.
Un apunte crucial respecto a los niños multilingües. Su desarrollo se evalúa sumando el vocabulario conjunto de ambas lenguas y la mezcla de idiomas es completamente normal. Aconsejar a una familia que abandone su lengua materna carece de respaldo científico. La intervención debe realizarse en todas sus lenguas siempre que sea posible.
Para saber más:
• Neumann K, et al. Interventions for Developmental Language Delay and Disorders. Dtsch Arztebl Int. 2024;121(5):155-162.
• Consenso CATALISE sobre terminología de los trastornos del lenguaje infantil.
(Nota: los criterios de derivación y recursos varían según la comunidad autónoma, por lo que se recomienda contrastar con los protocolos de Atención Temprana locales).