
“Me da vueltas todo”, “siento que me voy a desmayar” o “camino como si estuviera en un barco”. Estas son algunas de las frases más comunes en la consulta médica.
Aunque tradicionalmente nos hemos esforzado en distinguir entre vértigo, desequilibrio o aturdimiento, la medicina moderna ha dado un giro importante en la forma de abordar este problema. Hoy sabemos que la descripción que el paciente da sobre su mareo suele ser imprecisa y cambiante, por lo que la clave para un diagnóstico correcto no reside tanto en el “¿qué siente?”, sino en el “¿cuándo ocurre?” y “¿qué lo dispara?”.
Para entender el mareo, los médicos ahora clasificamos el problema según su tiempo y disparadores. Por un lado, tenemos el síndrome vestibular agudo, que consiste en un mareo constante y persistente que dura horas o días. Este es el escenario donde debemos diferenciar una neuritis vestibular, que es un problema benigno del oído interno, de algo mucho más serio como un accidente cerebrovascular de circulación posterior. Para esto, el examen físico mediante maniobras oculares especializadas como el protocolo HINTS o Natoshi es mucho más eficaz que una tomografía inicial, la cual suele fallar en detectar estos problemas en etapas tempranas.
Otro escenario frecuente es el mareo episódico gatillado, donde la sensación viene y va, siendo provocada por movimientos específicos como girar la cabeza en la cama o agacharse. La causa principal aquí es el vértigo posicional paroxístico benigno, originado por pequeños cristales de calcio desplazados en el oído interno. En estos casos, el tratamiento no son las pastillas, sino maniobras físicas como la de Epley, que ayudan a reposicionar esos cristales. Es importante evitar el uso indiscriminado de fármacos supresores vestibulares, como la meclizina, ya que no resuelven la causa de este tipo de vértigo.
También existe el mareo episódico espontáneo, aquel que aparece y desaparece sin un disparador claro. En este grupo encontramos desde la migraña vestibular, que puede durar horas y asociarse a sensibilidad a la luz, hasta el ataque isquémico transitorio, que requiere una evaluación cardiovascular urgente.
Además de estas causas, no debemos olvidar factores comunes como la ansiedad, el estrés, la deshidratación o la anemia, que reducen la oxigenación cerebral y se manifiestan como una sensación de cabeza vacía o flotamiento.
Es fundamental saber identificar las banderas rojas que exigen una visita inmediata a urgencias. Si el mareo se acompaña de un dolor de cabeza súbito y muy intenso, dificultad para hablar, debilidad en un brazo o pierna, visión doble o pérdida del conocimiento, la atención debe ser instantánea.
En la consulta, el médico evaluará tu historial y decidirá si es necesario realizar análisis de sangre, pruebas de audición o una resonancia magnética, recordando que la tomografía computarizada tiene una sensibilidad muy baja para los problemas de mareo de origen central.
Si experimentas un episodio de mareo en este momento, lo ideal es sentarse o acostarse de inmediato para evitar caídas, fijar la vista en un punto móvil o cerrar los ojos y mantenerse bien hidratado. Evita los cambios bruscos de posición y el consumo de cafeína o tabaco. El mareo no es una enfermedad en sí misma, sino una señal de alerta de nuestro cuerpo. La clave para recuperar tu equilibrio no está en automedicarse, sino en obtener un diagnóstico preciso basado en la frecuencia y los detonantes de tus síntomas.