
El dolor abdominal recurrente representa habitualmente un desafío. Exige distinguir con precisión entre causas orgánicas y funcionales. Las estadísticas actuales revelan que entre el 10% y el 15% de los niños en edad escolar presentan esta condición, y es crucial destacar que, en el 90% de los casos, el origen corresponde a causas funcionales. Para que un cuadro sea definido bajo el criterio de cronicidad, los episodios deben persistir por un periodo igual o superior a tres meses.
Desde una perspectiva clínica, entendemos por dolor abdominal crónico aquellos episodios recurrentes o continuos que se manifiestan con una intensidad suficiente como para interferir de forma negativa en las actividades cotidianas del menor.
Dentro de los trastornos funcionales según la clasificación Roma IV, encontramos el síndrome de intestino irritable (SII), que se presenta en niños de 4 a 18 años como un dolor abdominal recurrente al menos un día a la semana durante tres meses, asociado cambios en la forma y frecuencia de las heces sin explicación orgánica. Por su parte, la dispepsia funcional se manifiesta con plenitud postprandial, saciedad precoz o dolor epigástrico al menos cuatro días al mes, durante un periodo mínimo de dos meses. Otra entidad relevante es la migraña abdominal, caracterizada por episodios paroxísticos de dolor periumbilical intenso que duran más de una hora, asociados a anorexia, náuseas, fotofobia o palidez. Finalmente, el dolor abdominal funcional no especificado se reserva para aquellos casos que, aunque recurrentes y limitantes, no cumplen los criterios de las entidades anteriores tras una exclusión clínica rigurosa.
Dentro del grupo de las causas funcionales, el diagnóstico no implica la ausencia de dolor, sino la falta de una lesión estructural demostrable. Sin embargo, la sospecha de causas orgánicas nos obliga a investigar patologías extraintestinales como cuadros ginecológicos o urológicos (dismenorrea, quistes ováricos, reflujo vesicoureteral) o anomalías metabólicas y anatómicas. No obstante, el foco principal de la organicidad suele residir en el tracto digestivo, donde la enfermedad inflamatoria intestinal (EII) ocupa un lugar prominente.
La EII pediátrica, que engloba la enfermedad de Crohn (EC) y la colitis ulcerosa (CU), supone un diagnóstico que no debe demorarse, ya que su inicio en la infancia suele conllevar una mayor extensión y agresividad, impactando directamente en el crecimiento y el desarrollo puberal. Se estima que hasta el 25% de todos los casos de EII debutan antes de los 18 años. Es vital diferenciar ambas entidades: mientras que la enfermedad de Crohn puede afectar todo el tubo digestivo con un patrón transmural y segmentario (con presencia frecuente de granulomas y lesiones perianales), la colitis ulcerosa se limita exclusivamente al colon, afectando la mucosa de forma continua y manifestándose predominantemente con rectorragia y urgencia defecatoria.
La detección de las denominadas señales de alarma o “red flags” es el paso más crítico. La presencia de pérdida de peso involuntaria, fiebre recurrente sin foco, disfagia o dolor que despierta al niño por la noche obliga a ampliar el estudio. Un dato fundamental es que el retraso del crecimiento pondoestatural, incluso sin sangrado digestivo evidente, puede preceder en años al diagnóstico de la Enfermedad de Crohn. Ante estas señales, la evaluación diagnóstica debe ser sistemática, comenzando con una historia clínica detallada y una exploración física completa. El uso de la calprotectina fecal se ha consolidado como el marcador no invasivo de primera línea más útil para discriminar inflamación intestinal; niveles menores a 50 µg/g se consideran normales, mientras que valores superiores a 200-500 µg/g indican una alta sospecha de EII activa y requieren estudio endoscópico.
El estándar de oro para el diagnóstico de EII es la ileocolonoscopia con biopsias segmentarias. En el caso de la Enfermedad de Crohn, la entero-resonancia magnética (Entero-RM) es la técnica de elección en pediatría para evaluar el intestino delgado sin radiación ionizante. Una vez confirmado el diagnóstico, el tratamiento sigue una estrategia escalonada. En la EC pediátrica, la nutrición enteral exclusiva (NEE) con fórmulas poliméricas durante 6 a 8 semanas es el tratamiento de inducción de primera línea, con eficacia similar a los corticoides pero con un efecto positivo adicional sobre el crecimiento. En la Colitis Ulcerosa, se opta inicialmente por mesalazina oral o tópica para formas leves, reservando los corticoides sistémicos o ciclosporina para casos graves. El mantenimiento suele requerir inmunomoduladores como azatioprina o metotrexato, y en casos refractarios, se recurre a la terapia biológica con Anti-TNF (Infliximab, Adalimumab) o nuevos agentes como Vedolizumab.
El tratamiento del dolor abdominal funcional no se basa en una solución única, sino en un enfoque biopsicosocial integral que busca desensibilizar el eje intestino-cerebro. El primer y más importante paso terapéutico es la educación y validación del síntoma, donde el clínico debe asegurar a la familia que el dolor es real y no imaginado, explicando de forma sencilla el concepto de hipersensibilidad visceral. Esta explicación ayuda a reducir la ansiedad familiar, que es un factor que suele retroalimentar la intensidad del dolor.
Dentro de las intervenciones no farmacológicas, la terapia cognitivo-conductual (TCC) es la que presenta una mayor evidencia científica. Esta terapia permite al niño desarrollar herramientas de afrontamiento para manejar el dolor, reducir el miedo al síntoma y disminuir el estrés ambiental. De manera complementaria, la práctica de técnicas de relajación, yoga y mindfulness adaptadas a la edad ayuda a modular la respuesta del sistema nervioso autónomo sobre el tracto digestivo, logrando una disminución progresiva de la frecuencia de los episodios.
En el ámbito dietético, el objetivo es evitar restricciones severas que puedan afectar el estado nutricional del menor. Se recomienda una ingesta adecuada de fibra, especialmente en casos donde existe un componente de estreñimiento funcional. En pacientes específicos con distensión abdominal importante, se puede realizar un ensayo de dieta baja en FODMAP (hidratos de carbono fermentables) siempre bajo la estricta supervisión de un nutricionista pediátrico para asegurar que sea una intervención temporal y equilibrada. Asimismo, el uso de probióticos seleccionados, como el Lactobacillus reuteri, ha demostrado beneficios en la reducción del dolor en algunos subtipos de trastornos funcionales.
El manejo farmacológico se reserva generalmente para el alivio de síntomas episódicos y no como tratamiento de mantenimiento a largo plazo. Los antiespasmódicos pueden utilizarse de forma puntual para crisis de dolor tipo cólico. El aceite de menta (menta piperita) en cápsulas con recubrimiento entérico es otra opción útil debido a sus propiedades miorrelajantes sobre el músculo liso intestinal. En casos de dolor severo refractario a otras medidas, el especialista puede considerar el uso de neuromoduladores a dosis bajas, como la amitriptilina, para regular la comunicación entre los nervios intestinales y el cerebro, aunque su uso requiere una monitorización clínica estrecha.
Un pilar indispensable del tratamiento es la normalización de la vida cotidiana. Esto implica fomentar la asistencia escolar regular y la participación en actividades sociales y deportivas, evitando que el dolor se convierta en el eje central de la dinámica familiar. El éxito del tratamiento no siempre se mide por la desaparición total e inmediata del dolor, sino por la recuperación de la funcionalidad y la mejora en la calidad de vida del niño. El pronóstico es favorable, con una resolución de síntomas en el 50-70% de los casos pediátricos, aunque se requiere un seguimiento regular para monitorizar cambios en el patrón del dolor.
Finalmente, el manejo de enfermedades crónicas como la EII exige una coordinación multidisciplinar entre gastroenterología, nutrición y psicología. Un momento crítico es la transición planificada hacia la atención de adultos, generalmente entre los 16 y 18 años. Este periodo es vulnerable y requiere que el adolescente asuma progresivamente el autoconocimiento de su enfermedad y la adherencia terapéutica, factores clave para reducir las recaídas y garantizar una calidad de vida óptima a largo plazo.