Los anillos vasculares son anomalías congénitas de los vasos sanguíneos que rodean y comprimen la tráquea y/o el esófago.

Su clasificación principal abarca distintos tipos fundamentales.

El doble arco aórtico es el tipo más sintomático, ya que forma un anillo completo alrededor de ambas estructuras, causando una compresión severa; si se diagnostica antes de nacer, se recomienda cirugía electiva entre los 6 y 9 meses.

Por otro lado, destaca el arco derecho con ligamento izquierdo, que también puede formar un anillo constrictivo alrededor de la vía aérea y digestiva. Asimismo, encontramos la arteria innominada aberrante (o síndrome de compresión del tronco braquiocefálico), donde la arteria nace más a la izquierda de lo normal comprimiendo la parte anterior de la tráquea, y la arteria lusoria (arteria subclavia derecha aberrante), una anomalía que afecta el trayecto de los vasos y que puede sumar sintomatología constrictiva.

No podemos olvidar el sling de la arteria pulmonar, donde la arteria pulmonar izquierda nace de la derecha y pasa entre la tráquea y el esófago, asociándose fuertemente con la formación de anillos traqueales cartilaginosos completos. Por su parte, el arco aórtico derecho con arteria subclavia izquierda aberrante presenta un curso posterior que comprime el esófago sin afectar mucho a la tráquea, estando frecuentemente acompañado en el 60% de los casos por el divertículo de Kommerell, un remanente del cuarto arco aórtico izquierdo que debe extirparse para evitar futuros aneurismas.

La presentación clínica y sus síntomas más frecuentes dependen directamente de qué estructura anatómica esté más comprimida. Los síntomas respiratorios incluyen estridor inspiratorio o bifásico (ruido al respirar), tos metálica o “de foca”, e hiperinsuflación torácica.

Aquí surge una verdadera “alerta diagnóstica”: los episodios recurrentes de crup o problemas respiratorios que no responden a los tratamientos con esteroides suelen ser diagnosticados de forma errónea como un asma refractaria, ocultando la verdadera causa vascular subyacente.

En los casos más graves, pueden provocar eventos breves resueltos inexplicables acompañados de pérdida de conocimiento. En cuanto a los síntomas gastrointestinales o disfagia, los niños suelen tolerar bien los líquidos pero rechazan los alimentos sólidos, llegando a atragantarse. Es muy común observar como comportamiento adaptativo que hiperextiendan el cuello al comer para aliviar la compresión. Todo este cuadro clínico deriva en un fallo de medro o retraso en el crecimiento, causado por la menor ingesta sumada al enorme gasto calórico del esfuerzo respiratorio crónico y las continuas infecciones.

En cuanto a las asociaciones genéticas, el síndrome de deleción 22q11.2 (Síndrome de DiGeorge) está presente entre el 10% y el 20% de los pacientes con anillos vasculares. Esta alteración genética se asocia con defectos cardíacos severos, como la Tetralogía de Fallot, además de anomalías del paladar, inmunitarias y renales, lo que hace indispensable un riguroso enfoque médico multidisciplinar.

Para establecer el diagnóstico, las pruebas clave se organizan según su orden de utilidad clínica. La Angiografía por TC (Tomografía Computarizada) o RM (Resonancia Magnética) es considerada el estándar de oro, proporcionando las reconstrucciones en 3D de alta resolución estrictamente necesarias para planificar la cirugía con precisión.

El ecocardiograma es una excelente herramienta inicial para descartar defectos cardíacos asociados y visualizar el origen anómalo de una arteria, pero no ofrece una imagen definitiva. El esofagograma resulta muy útil para visualizar muescas o indentaciones en la parte posterior del esófago que confirman la compresión, aunque no sustituye a la TC o RM. Finalmente, una simple radiografía de tórax puede dar indicios valiosos al mostrar un ensanchamiento del mediastino superior o un estrechamiento traqueal.

El tratamiento quirúrgico está plenamente indicado cuando existen síntomas respiratorios, gastrointestinales, infecciones recurrentes o retraso en el crecimiento. La estrategia operatoria varía según el defecto; por ejemplo, se divide el arco aórtico más pequeño en el doble arco, o se realiza una intervención combinada con traqueoplastia en casos de anillos traqueales completos.

El problema postoperatorio principal es la traqueomalacia, que provoca que muchos pacientes sigan teniendo estridor o tos después de la intervención. Esto no suele ser un error quirúrgico, sino la consecuencia directa de un cartílago traqueal debilitado por la compresión prolongada, cuyos síntomas mejoran de forma gradual entre 1 y 2 años a medida que el niño crece.

El pronóstico a largo plazo es excelente, logrando que entre el 85% y el 95% de los pacientes experimenten una resolución completa de los síntomas y un rápido crecimiento catch-up durante el primer año tras la cirugía.

Como conclusión, el reconocimiento temprano de la alerta diagnóstica del asma refractaria, el estridor o el rechazo a los sólidos, combinado con el uso de imágenes avanzadas como la Angio-TC, resulta absolutamente crucial para intervenir a tiempo y evitar daños estructurales irreversibles en las vías respiratorias infantiles.