
Las benzodiazepinas actúan sobre el sistema GABA, que ralentiza el cerebro. Funcionan rápido y con eficiencia contra la ansiedad y el insomnio, y por eso gustan tanto. Pero su beneficio real es sobre todo a corto plazo. Cuando se toman durante meses o años, aparecen problemas que conviene conocer.
El cerebro busca siempre el equilibrio. Si recibe una sustancia externa que lo calma, responde volviéndose menos sensible a ella y produciendo menos calmante propio. El resultado es que el fármaco parece perder efecto y mucha gente necesita dosis cada vez más altas. Con más dosis llegan más efectos secundarios: más carga para el cuerpo y menos beneficio.
Pasados unos seis meses de uso, el cerebro se ha adaptado al fármaco y retirarlo provoca un síndrome de abstinencia. Es lo contrario de lo que la pastilla hacía: insomnio intenso, sensación constante de terror y un estado de tensión permanente. Algunos consumidores con experiencia en otras drogas aseguran que es peor que la abstinencia de la heroína.
A eso se suma que, si no se han trabajado las causas de fondo de la ansiedad o el insomnio, quien deja el fármaco se enfrenta a la abstinencia y a los problemas que lo llevaron a tomarlo. Es una doble carga que lleva a muchas personas a quedarse atrapadas en un medicamento que ya no quieren, con niebla mental e inestabilidad emocional.
Muchos usuarios de larga duración desarrollan problemas nuevos. Las guías clínicas de de prescripción recogen, por ejemplo, que personas sin depresión que tomaron benzodiazepinas tuvieron cuatro veces más probabilidad de desarrollar síntomas depresivos importantes. También puede empeorar la ansiedad, y en una serie de casos uno de cada cinco pacientes desarrolló agorafobia solo después de empezar a tomarlas, que desapareció al dejarlas.
El problema es que estos síntomas suelen interpretarse como una enfermedad nueva y se tratan con más fármacos. Es lo que se conoce como cascada de prescripción. Se medican los efectos secundarios de un medicamento con otro medicamento, y así sucesivamente. Y no es algo exclusivo de las benzodiazepinas; otros psicofármacos también pueden causar efectos tardíos, como apatía y embotamiento emocional con algunos antidepresivos o movimientos involuntarios con algunos antipsicóticos.
Por eso, empezar una benzodiazepina sin ofrecer una alternativa no farmacológica para tratar los síntomas es, como mínimo, una mala práctica.
Un estudio reciente de larga duración comparó su rendimiento con el de personas que no las tomaban. Un 20 % mostró deterioro cognitivo y, en conjunto, rindieron peor en todas las áreas, sobre todo en velocidad de procesamiento, atención, memoria y capacidad de planificación. La diferencia fue de aproximadamente una desviación estándar, lo cual es mucho.
Aunque por fuera parecen estar bien, pero necesitan un esfuerzo extra para mantenerse lúcidos y productivos. También se alarga el tiempo de reacción: dosis altas pueden afectar a la conducción de forma comparable a haber bebido un par de copas. Con la edad, estos efectos se acumulan y aumenta el riesgo de caídas y accidentes.
Pueden dañar el sistema nervioso por medio de la disfunción neurológica inducida por benzodiazepinas, una toxicidad de aparición tardía. En un estudio, el 90 % de los afectados tenía nerviosismo, ansiedad y miedo intensos durante todo el día, además de problemas de sueño, dificultad para concentrarse, poca energía e hipersensibilidad. Los síntomas pueden durar meses después de dejar el fármaco.
Por otra parte la abstinencia prolongada aparece cuando se retira el medicamento demasiado rápido. Es como quitarle los frenos al cerebro de golpe. Se desata una tormenta de excitación que, si es lo bastante fuerte, puede causar daños duraderos, igual que un rayo puede dejar secuelas en la instalación eléctrica de una casa. Muchas personas pasan meses mal, vuelven a tomar el fármaco y descubren que los síntomas no desaparecen, quedando en un estado de abstinencia casi permanente.
Lo más frustrante es que es evitable. Las fichas técnicas de estos medicamentos recogen este riesgo, y las sociedades médicas recomiendan reducciones graduales y lentas. Aun así, muchos centros siguen aplicando retiradas de dos semanas, que son especialmente peligrosas.
Nunca dejes estos fármacos de golpe. La retirada brusca puede ser peligrosa e incluso provocar convulsiones. Hazlo siempre con un médico.
- Preparase antes. Quien lleva años con estos fármacos suele tener problemas en cuatro áreas: salud física (alimentación, ejercicio, sueño y sustancias que consume), relaciones, actividades con sentido y manejo del estrés y las emociones. Conviene revisar cuáles influyen en tu ansiedad o tu insomnio y empezar a trabajarlas antes de reducir la dosis.
- Reducir poco a poco. Una opción habitual es usar medicación en formato líquida, que permite ajustar la dosis con precisión, y revisar el ritmo cada mes para encontrar la velocidad más rápida que pueda tolerar con comodidad.