La osteomielitis aguda es una de las infecciones óseas más críticas en pediatría, afectando principalmente la metáfisis de los huesos largos como la tibia proximal y el fémur. Un diagnóstico temprano es vital para evitar daños permanentes en las placas de crecimiento y complicaciones sistémicas.

El cuadro clásico se define por una tríada característica: dolor en la extremidad sin antecedente de trauma, rechazo a la carga de peso (pseudoparálisis) y fiebre de bajo grado. En recién nacidos e lactantes menores, los signos pueden ser más sutiles, presentándose únicamente como irritabilidad o rechazo a la alimentación. El hallazgo físico patognomónico es la sensibilidad puntual metafisaria, un dolor localizado directamente sobre el hueso que suele ser desproporcionado respecto a la inflamación visible. Es fundamental diferenciarlo de la artritis séptica, donde el dolor se manifiesta principalmente ante el movimiento pasivo de la articulación.

La radiografía simple debe ser siempre el primer estudio para descartar fracturas o tumores, aunque es importante recordar que suele ser normal durante los primeros 7 a 14 días de la infección. Los cambios líticos y la reacción perióstica son hallazgos tardíos. Por el contrario, la Resonancia Magnética (RM) con contraste es el estándar de oro, con una sensibilidad superior al 95% para detectar edema de médula ósea en las primeras 24 a 48 horas. La ecografía es útil principalmente para identificar derrames articulares asociados o colecciones subperiósticas.

En niños menores de 18 meses, existe una comunicación vascular única mediante los vasos sanguíneos transifisarios que atraviesan la placa de crecimiento. Esto permite que la infección se propague directamente desde la metáfisis hacia la epífisis y la articulación, aumentando drásticamente el riesgo de artritis séptica concurrente y necrosis avascular. Después de los 18 meses, estos vasos involucionan y la fisis actúa como una barrera natural, confinando la infección a la metáfisis.

El manejo inicial suele ser empírico. En comunidades donde la prevalencia de Staphylococcus aureus resistente a la meticilina (SAMR) supera el 10%, la Vancomicina es el tratamiento de elección. Para monitorizar la respuesta clínica, la Proteína C Reactiva (PCR) es el biomarcador más confiable debido a su cinética rápida; se espera que disminuya un 50% en las primeras 48 a 72 horas de tratamiento efectivo. La velocidad de sedimentación (VSG) es menos útil para el seguimiento agudo por su normalización lenta.

Se recomienda la transición temprana a antibióticos orales (como Cefalexina a dosis altas) una vez que el paciente esté afebril por más de 24 horas, tolere la vía oral y muestre un descenso sostenido de la PCR. La intervención quirúrgica o aspiración ósea se reserva para casos con abscesos visibles o falta de mejoría clínica tras 72 horas de antibióticos parenterales. Una complicación grave y a menudo subestimada es la trombosis venosa profunda (TVP), la cual ocurre en hasta el 15% de los casos severos, frecuentemente asociada a cepas virulentas como el SAMR productor de la toxina Panton-Valentine.