
La enfermedad pulmonar obstructiva crónica sigue siendo una de las principales causas de morbimortalidad a nivel mundial, y la reciente actualización de las Guías GOLD 2026 introduce cambios fundamentales que todo profesional de la salud debe conocer. El abordaje actual se fundamenta en el concepto de la GETómica, que entiende la patogenia de la enfermedad como la intersección entre la genética, los factores ambientales y la exposición a lo largo del tiempo. Esta visión busca identificar no solo al fumador clásico, sino también aquellas alteraciones en el desarrollo pulmonar temprano que pueden derivar en una obstrucción persistente del flujo aéreo.
Uno de los pilares que más fuerza cobra en esta edición es la necesidad de un tamizaje activo y diagnóstico temprano. El subdiagnóstico masivo, especialmente en países de medianos y bajos ingresos, ha llevado a la recomendación de buscar la enfermedad en individuos mayores de 35 años que presenten factores de riesgo y síntomas respiratorios, incluso antes de que la obstrucción sea severa. La confirmación diagnóstica sigue siendo espirométrica, exigiendo una relación VEF1/FVC menor a 0.7 post-broncodilatador para establecer la presencia de una obstrucción fija.
El cambio más disruptivo en la clasificación clínica se encuentra en la transición de las categorías A, B y E. En esta versión 2026, la definición del Grupo E (Exacerbador) se ha vuelto más sensible: ahora, la presencia de una sola exacerbación moderada en el último año es suficiente para clasificar al paciente en este grupo de alto riesgo. Anteriormente, se requerían dos eventos moderados o uno que derivara en hospitalización. Esta modificación busca intensificar el tratamiento de forma precoz para evitar el deterioro acelerado de la función pulmonar y reducir el riesgo de mortalidad.
En cuanto al manejo farmacológico inicial, la terapia dual con LABA y LAMA se consolida como el estándar de oro para los grupos B y E. Sin embargo, la triple terapia (LABA, LAMA y corticoide inhalado) adquiere un papel protagonista al ser la única intervención farmacológica inhalada que ha demostrado reducir la mortalidad. Su inicio se recomienda de entrada en pacientes del Grupo E que presenten un conteo de eosinófilos en sangre igual o mayor a 300 células. Asimismo, se integran nuevas opciones como la ensifentrina y terapias biológicas como el dupilumab y el mepolizumab para casos específicos con perfiles inflamatorios tipo 2.
El manejo de las crisis también se ha profesionalizado con la adopción de los Criterios de Roma, que permiten una clasificación objetiva de la severidad de la exacerbación mediante parámetros como la frecuencia respiratoria, la frecuencia cardíaca y niveles de PCR. Los pilares del tratamiento agudo siguen siendo los broncodilatadores de acción corta, los corticoides sistémicos por periodos breves de cinco días y la oxigenoterapia controlada con metas de saturación entre el 88 y 92 por ciento. En casos de insuficiencia respiratoria hipercápnica, la ventilación mecánica no invasiva se mantiene como la estrategia de elección para evitar la intubación.
Más allá de los fármacos, la guía enfatiza intervenciones no farmacológicas que cambian la historia natural de la enfermedad. La cesación del tabaquismo es la medida más efectiva, seguida de una vacunación completa que ahora incluye protección contra el Virus Sincitial Respiratorio (VSR), además de influenza, neumococo y COVID-19. La rehabilitación pulmonar se posiciona como una herramienta esencial, especialmente tras una hospitalización, donde ha demostrado reducir drásticamente los reingresos y la mortalidad a corto plazo.
Finalmente, la visión del paciente con EPOC en 2026 es inseparable de sus comorbilidades. El riesgo cardiovascular es extremadamente alto, y la guía es enfática al declarar que los beta-bloqueadores no están contraindicados y deben utilizarse si el paciente tiene una indicación cardíaca clara. El manejo integral debe incluir también el tamizaje de cáncer de pulmón mediante tomografía de baja dosis y la vigilancia de la salud mental, consolidando un enfoque de multimorbilidad que busca no solo mejorar la función pulmonar, sino prolongar la vida y la productividad del paciente.