La fisiopatología de la migraña se cimenta en una crisis bioenergética mitocondrial inicial, donde el déficit de ATP y la resistencia a la insulina cerebral crean un estado de “inanición excitada” que facilita la aparición de la depresión cortical propagada. Esta onda de despolarización eléctrica masiva, que recorre la corteza y justifica el aura, altera el flujo sanguíneo y libera iones y metabolitos que irritan el entorno neuronal. Todo ello ocurre sobre un terreno predispuesto por la inflamación sistémica y la permeabilidad intestinal, permitiendo que endotoxinas como los lipopolisacáridos crucen la barrera hematoencefálica y activen la microglía.

Como consecuencia de esta inestabilidad eléctrica y metabólica, se produce la activación del sistema trigémino-vascular, el mecanismo efector del dolor, que induce la liberación de neuropéptidos vasoactivos en las meninges, siendo el CGRP (péptido relacionado con el gen de la calcitonina) el mediador crítico. La liberación de CGRP y sustancia P provoca una potente vasodilatación e inflamación neurogénica, generando una sensibilización periférica inmediata donde las neuronas nociceptivas de las meninges reducen su umbral, transformando la pulsación vascular fisiológica en un estímulo doloroso agudo.

Finalmente, la persistencia del estímulo doloroso recluta al tronco encefálico y al tálamo, estableciendo la sensibilización central, un fenómeno donde las neuronas de segundo y tercer orden se vuelven hiperexcitables y perpetúan el cuadro clínico. Esta sensibilización es la responsable de la alodinia cutánea y de la amplificación de estímulos sensoriales normales como luz y sonido (fotofobia y fonofobia), consolidando la migraña no solo como un evento vascular, sino como un trastorno de procesamiento sensorial sostenido por un fallo energético celular y una desregulación neuroinflamatoria compleja.

La farmacología convencional presenta limitaciones significativas al abordar estos mecanismos. Fármacos como los triptanos (agonistas selectivos de receptores de serotonina) actúan principalmente mediante vasoconstricción, y los nuevos inhibidores de CGRP bloquean la señalización del dolor, pero ninguno de estos abordajes resuelve la neuroinflamación ni restaura la función mitocondrial. Además, el uso recurrente de antiinflamatorios no esteroideos (AINEs), aunque proporciona analgesia temporal, compromete la integridad de la mucosa gástrica e intestinal, exacerbando la permeabilidad y perpetuando el ciclo inflamatorio sistémico a largo plazo.

La propuesta terapéutica regenerativa se centra en reconstruir la biología celular atacando los tres frentes patológicos simultáneamente. Para la reparación del eje intestino-cerebro y el control de la inflamación, se indica el uso de péptidos biorreguladores como KPV y BPC-157. Estos agentes han demostrado capacidad para restaurar las uniones estrechas del epitelio intestinal, reparar la barrera hematoencefálica y modular la respuesta inflamatoria sistémica.

Para abordar la crisis energética, es fundamental la reactivación de la fosforilación oxidativa. El uso de azul de metileno destaca por su capacidad para actuar como donante y aceptor de electrones, aumentando drásticamente la producción de ATP y funcionando como un potente antioxidante mitocondrial. Este efecto se sinergiza con la administración de Coenzima Q10 y riboflavina (Vitamina B2), cofactores esenciales para el correcto funcionamiento de la cadena respiratoria celular.

En el plano metabólico, para combatir la resistencia a la insulina, el péptido mitocondrial MOTS-c se presenta como una herramienta eficaz para optimizar la sensibilidad a la insulina y el metabolismo glucídico. Finalmente, para garantizar la estabilidad neuronal y reducir la excitotoxicidad, es necesario el uso de magnesio L-treonato, la única formulación de magnesio capaz de atravesar eficazmente la barrera hematoencefálica para elevar los niveles de magnesio en el líquido cefalorraquídeo.