La laringomalacia se consolida como la anomalía laríngea congénita más prevalente en la práctica pediátrica, siendo responsable de entre el 60% y el 75% de todos los casos de estridor en lactantes.

Esta condición se caracteriza por una madurez insuficiente de los cartílagos laríngeos, lo que deriva en un colapso dinámico de las estructuras supraglóticas durante la inspiración. El proceso fisiopatológico implica que, ante la presión negativa generada en la inhalación, los cartílagos aritenoides, los pliegues ariepiglóticos y la epiglotis se desplazan hacia el interior de la vía aérea, provocando una obstrucción parcial temporal.

Epidemiológicamente, los síntomas suelen manifestarse de forma temprana, habitualmente entre las primeras dos semanas y los dos meses de vida. Es fundamental que el pediatra identifique la progresión natural de la enfermedad, ya que el cuadro clínico tiende a empeorar progresivamente hasta alcanzar un pico de severidad entre los 6 y 8 meses de edad. A pesar de la alarma que genera el ruido respiratorio, el pronóstico es excelente en la gran mayoría de los pacientes, lográndose una resolución espontánea en el 80% a 90% de los casos entre los 12 y 18 meses, coincidiendo con el fortalecimiento y maduración de los tejidos laríngeos.

El signo clínico patognomónico es el estridor inspiratorio de tono agudo, que frecuentemente se describe como un sonido vibratorio o de aleteo. Este estridor presenta variaciones significativas según el estado y la posición del lactante. Factores como la posición supina (boca arriba), el llanto, la agitación y la alimentación incrementan el esfuerzo respiratorio y la presión negativa intratorácica, exacerbando el colapso y el ruido. Por el contrario, la posición prona (boca abajo) y los estados de reposo suelen mitigar los síntomas. Durante la exploración física, además del estridor, es frecuente observar retracciones supraesternales e intercostales, aunque la saturación de oxígeno suele permanecer dentro de los rangos normales en los estadios leves y moderados.

Para el diagnóstico definitivo, la laringoscopia flexible en el paciente despierto constituye el estándar de oro. Este procedimiento permite al especialista visualizar de forma directa la anatomía funcional de la laringe durante la respiración espontánea. Los hallazgos endoscópicos más característicos incluyen una epiglotis tubular en forma de omega, pliegues ariepiglóticos marcadamente cortos y cartílagos aritenoides voluminosos que prolapsan activamente hacia la glotis durante cada esfuerzo inspiratorio.

Un aspecto crítico en el manejo integral es la evaluación de comorbilidades, especialmente la enfermedad por reflujo gastroesofágico (ERGE), que se presenta en un 50% a 80% de estos niños. Existe una relación bidireccional compleja donde la obstrucción respiratoria empeora el reflujo, y el material ácido del estómago genera edema e inflamación en los tejidos laríngeos, alimentando un ciclo que agrava el estridor.

La estratificación de la gravedad es esencial para definir la conducta terapéutica. La mayoría de los lactantes presentan una forma leve que solo requiere observación estrecha, educación a los padres y manejo del reflujo. No obstante, aproximadamente un 10% a 20% de los casos se clasifican como graves. Esta categoría se define por la presencia de dificultades graves para la alimentación, fallo de medro (pobre ganancia de peso), episodios de cianosis, apnea o signos de tensión cardíaca derecha.

En presencia de criterios de gravedad o fallo del manejo conservador, la intervención de elección es la supraglotoplastia endoscópica. Esta técnica quirúrgica microquirúrgica consiste en la división de los pliegues ariepiglóticos cortos y la escisión del tejido supraglótico redundante para liberar y ampliar la apertura de la vía aérea. El éxito de este procedimiento es notable, ofreciendo una mejoría inmediata en la mecánica respiratoria y permitiendo al lactante retomar una curva de crecimiento adecuada. En conclusión, el pediatra debe enfocar la laringomalacia como una condición generalmente benigna pero que exige una vigilancia rigurosa de los marcadores nutricionales y de oxigenación para detectar a tiempo aquellos casos que requieran resolución quirúrgica.