
Recibir la noticia o tener la fuerte sospecha de que tú o tu hijo tenéis altas capacidades intelectuales puede ser un momento de alivio y, a la vez, de una enorme incertidumbre.
Esta condición, que afecta a un porcentaje de la población que varía entre el 2% y el 10%, representa un universo complejo, una forma distinta de procesar la información y de sentir el mundo.
El primer paso es la comprensión y la aceptación. Se trata de desterrar mitos y entender que las altas capacidades no son solo un coeficiente intelectual elevado, sino una estructura neurológica diferente que implica una alta sensibilidad, una intensidad emocional arrolladora, un pensamiento complejo y, a menudo, un agudo sentido de la justicia.
El segundo paso es una evaluación profesional completa. Un diagnóstico realizado por un psicólogo especializado en altas capacidades es esencial no solo para confirmar el potencial, sino también para identificar posibles comorbilidades. Es aquí donde entra en juego la necesidad de un buen diagnóstico diferencial que descarte o confirme la existencia de una doble excepcionalidad, como la coexistencia con un TDAH, un trastorno del aprendizaje o del espectro autista.
El siguiente movimiento es buscar información y construir una red de apoyo. Acércate a asociaciones de altas capacidades, lee libros de expertos, conecta con otras familias o adultos en tu misma situación. Compartir experiencias es increíblemente valioso y te hará sentir menos solo en este camino. A partir de ahí, llega el momento de la comunicación y la defensa de las necesidades. Si se trata de un niño, es vital establecer un diálogo constructivo con el centro educativo para explorar medidas como el enriquecimiento curricular (ampliar y profundizar contenidos) o la aceleración (avanzar de curso o ritmo). Si eres un adulto, se trata de aprender a comunicar tus necesidades en tu entorno laboral y personal.
Es fundamental entender que la falta de un apoyo adecuado puede acarrear complicaciones significativas. Lejos del estereotipo del “genio” que triunfa sin esfuerzo, muchas personas con altas capacidades no identificadas o no atendidas sufren bajo rendimiento y fracaso escolar por puro aburrimiento y desmotivación. Sus intereses diferentes y su madurez intelectual pueden generar sentimientos de aislamiento y dificultades de adaptación social. Esta situación, sumada a su alta sensibilidad y perfeccionismo, les hace más vulnerables a sufrir problemas emocionales como ansiedad, frustración y depresión.
Una de las realidades más complejas es la ya mencionada doble excepcionalidad, que se describe como las altas capacidades coexistiendo con un TDAH.
Un cerebro con un potencial enorme, capaz de procesar información a gran velocidad y con una creatividad desbordante. El TDAH en cambio genera un déficit en las funciones ejecutivas que impide dirigir, organizar y regular toda esa potencia. Esto crea una contradicción interna constante.
El principal problema es que una condición suele enmascarar a la otra. A veces, la inteligencia es tan alta que compensa los déficits del TDAH, y la persona es vista como un “genio despistado”. Otras veces, los síntomas del TDAH son tan evidentes que eclipsan por completo el potencial intelectual, y la persona es injustamente etiquetada como “vaga” o “problemática”. La persona que vive con esto siente una frustración extrema y sufre de baja autoestima, consciente de su capacidad pero incapaz de ejecutarla. Por eso, el enfoque debe ser dual: nutrir el potencial y, a la vez, dar soporte a las dificultades.
Afortunadamente, la concepción de las altas capacidades ha evolucionado desde un modelo puramente basado en el CI hacia enfoques más inclusivos. En su vida adulta, las personas con altas capacidades a menudo se sienten atraídas por profesiones que les suponen un reto intelectual y les permiten explorar sus pasiones. Suelen destacar en campos como las ciencias, la tecnología, la ingeniería o las matemáticas, así como en profesiones creativas y de gestión.
Sin embargo, para prosperar, necesitan un entorno laboral que les ofrezca autonomía, flexibilidad y estímulos constantes. La búsqueda de un propósito es fundamental para su motivación. Empezar este camino de autoconocimiento y aceptación es la clave para que ese potencial no solo no se convierta en una fuente de sufrimiento, sino que te permita encontrar tu lugar en el mundo y aportar tu extraordinaria visión.