La enfermedad de Alzheimer es la causa más prevalente de demencia a escala global, afectando a más de 57 millones de personas, una cifra que podría triplicarse para 2050 debido al envejecimiento poblacional. El principal factor de riesgo no modificable es, de forma categórica, la edad, con una incidencia que aumenta drásticamente a partir de los 65 años y una mayor prevalencia en mujeres.

Su etiología es multifactorial, combinando factores genéticos y ambientales. Se distingue una forma familiar de inicio precoz (<5% de los casos), con un claro componente hereditario, y una forma esporádica de inicio tardío (>95%). A nivel fisiopatológico, la enfermedad se define por dos lesiones clave: la acumulación extracelular de la proteína beta-amiloide en forma de placas seniles y la acumulación intracelular de la proteína Tau hiperfosforilada, que forma ovillos neurofibrilares, provocando la muerte neuronal y el subsecuente deterioro cognitivo.

El componente genético es crucial, con mutaciones en los genes APP, PSEN1 y PSEN2 en las formas familiares, y el alelo APOE ε4 como el principal factor de riesgo en la forma esporádica. Sin embargo, la genética no es una sentencia, pues interactúa con múltiples factores de riesgo modificables. La salud cardiovascular, la hipertensión, la diabetes o la obesidad aumentan el riesgo, al igual que el tabaquismo, el sedentarismo, un bajo nivel educativo, la depresión o la pérdida de audición.

Durante décadas, la investigación se ha anclado en la hipótesis del amiloide, postulando que su acumulación es la causa unívoca de la enfermedad. Este paradigma ha fracasado, con una tasa de fracaso en ensayos clínicos superior al 99%. La evidencia de que un tercio de los cerebros con alta carga de amiloide no manifiestan demencia sugiere que esta proteína es más una respuesta a un daño subyacente, como la inflamación crónica, que la causa raíz.

Fruto de este paradigma reactivo, el arsenal terapéutico convencional es marcadamente limitado. Los tratamientos farmacológicos habituales se centran en la modulación de neurotransmisores y son puramente sintomáticos. Por un lado, disponemos de los inhibidores de la acetilcolinesterasa (Donepezilo, Rivastigmina, Galantamina), que buscan compensar el déficit de acetilcolina, un neurotransmisor crucial para la memoria. Por otro, la Memantina, un antagonista de los receptores NMDA, regula la actividad excitotóxica del glutamato. La eficacia de ambos grupos es, en el mejor de los casos, modesta y temporal, sin capacidad alguna para detener la progresión neurodegenerativa. Más recientemente, la aprobación de anticuerpos monoclonales anti-amiloide (como Lecanemab) representa el primer intento de una terapia modificadora de la enfermedad dentro de este viejo modelo. Si bien logran reducir la carga de amiloide cerebral y han demostrado una ralentización estadísticamente significativa del declive cognitivo, la magnitud del beneficio clínico es muy discreta, unida a un elevado coste económico y a riesgos de efectos adversos graves, como edemas y microhemorragias cerebrales.

El cambio de paradigma es radical: debemos entender el Alzheimer como un trastorno que se gesta silenciosamente durante décadas. La prevención es la única estrategia verdaderamente efectiva.

El enfoque integral se base en: antropometría, pues la composición corporal es un biomarcador cerebral; biomarcadores en sangre, analiza marcadores cardiovasculares, inflamatorios, metabólicos y cerebrales específicos; pruebas Cognitivas para una detección temprana; ADN, donde el gen APOE4 informa sobre el riesgo y guía intervenciones; y salud Emocional y Social, ya que el estrés o el aislamiento son factores de primer orden.

La intervención número uno es el ejercicio (cardio y fuerza). Se suma una nutrición antiinflamatoria, suplementos de precisión, terapia de reemplazo hormonal y un buen reposo nocturno. Dentro de este enfoque multimodal, las técnicas de neuromodulación no invasiva, como la Estimulación Magnética Transcraneal (EMT), adquieren un papel relevante. En las fases iniciales de la enfermedad o en el deterioro cognitivo leve, la EMT se utiliza para modular la plasticidad y la conectividad de circuitos neuronales específicos, buscando potenciar las redes cognitivas y ofrecer un beneficio funcional tangible.

En esta lucha, el diagnóstico preclínico es crucial. Herramientas como el análisis cuantitativo del electroencefalograma (qEEG) potenciado por inteligencia artificial, como iSyncBrain, nos permiten obtener biomarcadores funcionales. Detectamos alteraciones sutiles en la conectividad de redes neuronales clave, como la Red Neuronal por Defecto, años antes del deterioro cognitivo evidente. Esta tecnología nos faculta para estratificar el riesgo con mayor certidumbre e instaurar de forma proactiva nuestro arsenal de intervenciones tempranas.