Durante mucho tiempo, hemos intentado encasillar el autismo en una línea recta que va de “leve” a “grave”. Sin embargo, los avances más recientes en neurociencia y el análisis mediante mapeo cerebral (QEEG) sugieren que esta visión es incompleta. Las etiquetas tradicionales de los manuales diagnósticos suelen medir qué tan “difícil” es la conducta de una persona para su entorno, pero no explican qué está sucediendo realmente en el cableado neuronal.

Los tres grandes perfiles biológicos

A través del estudio de las ondas cerebrales, se han identificado patrones recurrentes que nos permiten hablar de arquetipos cerebrales. Estos no son etiquetas rígidas, sino mapas que nos ayudan a entender la experiencia subjetiva de cada individuo.

El primer perfil se define por una Red Neuronal por Defecto (DMN) débil. Esta red es la encargada de la introspección y de procesar la información sobre uno mismo y los demás. En este arquetipo, se observa una baja potencia de ondas Alfa, lo que dificulta el paso del foco interno al externo. La persona suele sentir que observa el mundo “desde lejos”, como un espectador. Aunque pueden ser excelentes procesando detalles técnicos, les cuesta captar la información social implícita, ya que su cerebro no logra integrar el “todo” de una interacción de forma automática.

Un segundo arquetipo es el caracterizado por un exceso de ondas Theta frontales. Este patrón presenta un solapamiento muy alto con el TDAH. Aquí, el cerebro muestra una lentitud excesiva en las áreas que deberían gestionar los filtros de atención y el control de impulsos. La experiencia resultante es de una constante inundación interna: no es que el ruido de fuera les moleste (que también), sino que sus propios procesos internos son difíciles de frenar. Esto se traduce en una mayor tendencia a la procrastinación, la impulsividad y el uso de guiones sociales o scripting para compensar la falta de fluidez en tiempo real.

El tercer perfil es el de la inundación sensorial. En este caso, el cerebro muestra una actividad eléctrica muy rápida, con niveles extremadamente altos de ondas Beta y Gamma. Existe una conectividad local muy fuerte (lo que puede generar habilidades de tipo savant o una memoria prodigiosa en temas específicos), pero una comunicación muy pobre entre áreas distantes del cerebro. Para estas personas, el mundo es demasiado “brillante” y “ruidoso”. Las etiquetas de la ropa o el zumbido de un aparato eléctrico pueden procesarse como estímulos dolorosos, llevando al colapso por saturación.

Es fundamental entender que el objetivo de las intervenciones modernas, como el neurofeedback, no es “curar” el autismo, sino regular la eficiencia del cerebro. La calidad de vida de una persona en el espectro suele sostenerse sobre tres pilares básicos: el sueño, el estrés y la atención. Si logramos estabilizar estos tres factores, el resto de las funciones suelen encontrar un mejor equilibrio.

Una de las herramientas más interesantes es el entrenamiento en el Ritmo Sensoriomotor (SMR). Este tipo de regulación ayuda a calmar la inquietud física y es clave para reducir las convulsiones subclínicas, que son pequeñas descargas eléctricas que no generan ataques visibles pero que “ensucian” el procesamiento de la información en muchas personas autistas.

Sin embargo, debemos ser realistas con los periodos críticos del desarrollo. Mientras que la integración sensorial y la atención mantienen una gran plasticidad a lo largo de la vida, el lenguaje expresivo tiene ventanas de desarrollo más cerradas. Por ello, la intervención temprana es valiosa, pero siempre enfocada en dar herramientas de autorregulación y no en forzar la normalidad.

La arquitectura cerebral del autismo suele traer consigo otras particularidades. Una de ellas es la prosopagnosia o ceguera facial. Muchas personas en el espectro tienen dificultades en el área del cerebro encargada de reconocer rostros (el giro fusiforme). Para ellos, mirar a los ojos no es solo una convención social incómoda, sino un exceso de información difícil de procesar. Entrenar la calma en esas áreas cerebrales puede mejorar el contacto visual de forma natural, sin necesidad de forzarlo conductualmente.

Por otro lado, existe una relación documentada entre el autismo y una mayor incidencia de lesiones cerebrales menores o contusiones. Esto no se debe a una fragilidad biológica, sino a una menor conciencia propioceptiva (el sentido que nos dice dónde está nuestro cuerpo en el espacio). Esa “torpeza” motora hace que las caídas y golpes sean más frecuentes, lo que a menudo añade una capa de inflamación cerebral a un sistema que ya es sensible.

Finalmente, aunque la tecnología intenta avanzar hacia interfaces cerebro-computadora para resolver problemas neurológicos, la ciencia actual sugiere cautela. El cerebro humano es un órgano biológico vivo que se desplaza y reacciona a los implantes. La verdadera frontera hoy no está en insertar chips, sino en comprender mejor estos arquetipos biológicos para ofrecer apoyos personalizados que respeten la esencia de cada cerebro mientras se reduce el sufrimiento innecesario.