Recientemente, una exhaustiva revisión publicada en el Journal of Translational Medicine ha arrojado luz sobre no solo la eficacia de la Estimulación Magnética Transcraneal (TMS), sino sobre los complejos mecanismos biológicos que permiten que esta técnica “reajuste” la función cerebral de manera no invasiva.

La TMS es una técnica de neuromodulación que utiliza campos magnéticos para inducir corrientes eléctricas suaves en áreas específicas del cerebro. Su gran atractivo radica en que es segura, no requiere cirugía y es bien tolerada por niños y adolescentes. Sin embargo, el gran desafío que enfrentan los clínicos es la heterogeneidad de los resultados: lo que funciona para un paciente puede no ser tan efectivo para otro. Por ello, la investigación actual subraya que la clave no está solo en aplicar el tratamiento, sino en personalizar la localización de la estimulación, asegurando que el pulso magnético llegue exactamente al nodo que necesita ser regulado, ya sea para mejorar las funciones ejecutivas o la cognición social.

Uno de los conceptos más fascinantes desarrollados en este artículo es la capacidad de la TMS para restaurar el equilibrio entre excitación e inhibición (E-I). Se cree que en el cerebro de las personas con TEA existe una especie de “ruido de fondo” excesivo debido a una falta de actividad en las neuronas inhibidoras (que utilizan el neurotransmisor GABA). Esto impide que la información se procese con claridad. La estimulación magnética actúa como un regulador de este tráfico neuronal, potenciando la plasticidad sináptica y ayudando al cerebro a crear o fortalecer conexiones que antes eran débiles o disfuncionales. Al mejorar esta conectividad, se facilita que el cerebro pueda “recablearse” a sí mismo mediante procesos de potenciación a largo plazo.

Otro de los pilares fundamentales que explica por qué la TMS funciona es la regulación de las oscilaciones neuronales, especialmente las ondas gamma. Estas ondas son responsables de la integración de la información y la percepción sensorial. En el autismo, estos ritmos suelen estar desorganizados. La TMS tiene la capacidad única de sincronizar estas frecuencias cerebrales, actuando como un director de orquesta que devuelve el ritmo a una sección de instrumentos que tocaba a destiempo. Esta sincronización es vital para procesos complejos como el reconocimiento de emociones y la comunicación social, áreas donde muchos pacientes muestran una notable mejoría tras el tratamiento.

Lo más sorprendente de las investigaciones recientes es que los beneficios de la TMS podrían no limitarse únicamente a los impulsos eléctricos. La revisión científica sugiere que esta técnica también tiene un potencial efecto antiinflamatorio, reduciendo la activación excesiva de las células de la microglía y los astrocitos, que a menudo están en un estado de “alerta constante” en el cerebro autista. Además, se está explorando una conexión fascinante: el eje microbiota-intestino-cerebro. Se ha observado que la modulación cerebral puede influir en la salud intestinal y viceversa, lo que abre una puerta terapéutica bidireccional donde la TMS ayudaría a estabilizar no solo la mente, sino también la salud sistémica del individuo.

A pesar de los avances, la comunidad científica es clara: para que la TMS se convierta en una herramienta estándar, debemos pasar de un enfoque general a uno de precisión absoluta. La identificación de biomarcadores y el uso de protocolos específicos para cada subtipo de autismo permitirán que esta tecnología deje de ser una opción experimental y se convierta en una terapia de primera línea. Con cada nuevo descubrimiento sobre sus mecanismos de acción —desde los canales iónicos hasta la salud inmunológica—, estamos un paso más cerca de ofrecer intervenciones que no solo traten los síntomas, sino que apoyen el desarrollo integral del potencial neurodivergente.