
La parálisis de Klumpke, también denominada parálisis de Dejerine-Klumpke, constituye una lesión del plexo braquial inferior que compromete de manera específica a las raíces nerviosas C8 y T1, pudiendo involucrar ocasionalmente a C7.
A diferencia de la parálisis de Erb, que afecta la parte superior del plexo, esta condición se distingue clínicamente porque el paciente mantiene una movilidad normal del hombro, pero presenta una afectación severa en las funciones de la mano y la muñeca. El signo patognomónico es la mano en garra, una deformidad caracterizada por la hiperextensión de la muñeca y la flexión de los dedos, resultante de la parálisis de los músculos intrínsecos de la mano y de los flexores de la muñeca.
En la evaluación clínica neonatal, el diagnóstico se confirma mediante la ausencia o debilidad del reflejo de prensión palmar, mientras que el reflejo de Moro suele permanecer preservado, ya que el hombro y el brazo superior no están afectados.
El origen de esta patología se encuentra habitualmente en traumatismos durante partos difíciles, siendo el mecanismo de lesión más común la tracción excesiva del brazo hacia arriba durante un parto de nalgas o ante una distocia de hombros. Entre los factores de riesgo más destacados se encuentran la macrosomía fetal en madres con diabetes gestacional y las presentaciones podálicas que requieren maniobras adicionales en el expulsivo. La naturaleza del daño nervioso varía según su gravedad, clasificándose como neuropraxia en casos de estiramiento leve, axonotmesis en rupturas parciales, o avulsión completa de la médula espinal, siendo esta última la que conlleva el peor pronóstico funcional.
Un elemento de extrema importancia diagnóstica y pronóstica es el Síndrome de Horner, el cual puede presentarse en el lado afectado manifestando una tríada de ptosis (párpado caído), miosis (pupila pequeña) y anhidrosis (falta de sudoración). La aparición de este síndrome confirma una lesión en las fibras simpáticas de la raíz T1, lo que indica un daño nervioso extenso y un pronóstico de recuperación menos favorable. Para realizar un diagnóstico diferencial correcto frente a la parálisis de Erb, el clínico debe constatar que en Klumpke no existe la postura de “punta de camarero”; en su lugar, el brazo cuelga inerte pero el hombro conserva su capacidad de abducción.
El manejo inicial de la parálisis de Klumpke es fundamentalmente conservador y debe iniciarse de manera inmediata, idealmente en las primeras cuatro semanas tras el nacimiento. La fisioterapia y la terapia ocupacional son los pilares de esta fase, centrando sus esfuerzos en ejercicios de amplitud de movimiento para evitar la rigidez articular en muñeca, codo y mano. La participación de los padres en la rehabilitación diaria es esencial para optimizar las posibilidades de curación. Se recomienda además el uso de férulas y técnicas de posicionamiento para mantener la alineación funcional de la mano, subrayando que la inmovilización completa está contraindicada por el riesgo de atrofia muscular acelerada. En algunos casos, se puede prescribir medicación tópica o sistémica para el manejo del dolor.
Si no se observa una mejoría clínica significativa durante los primeros tres meses, se deben emplear herramientas diagnósticas avanzadas. La Resonancia Magnética con mielografía se establece como el estándar de oro para detectar la avulsión de raíces nerviosas, permitiendo identificar pseudomeningoceles que sugieren desprendimientos de la duramadre. Asimismo, se requieren estudios de conducción nerviosa y electromiografía (EMG) para cuantificar el daño.
Si tras un periodo de tres a seis meses no existe una recuperación funcional adecuada, especialmente si no hay señales de flexión de la muñeca, se debe considerar la intervención quirúrgica. Las opciones quirúrgicas modernas incluyen la neurólisis, los injertos nerviosos mediante el empalme de nervios donantes y las transferencias nerviosas.
En los últimos años, la microcirugía ha permitido avances significativos, integrando la monitorización neurofisiológica intraoperatoria o cartografía para guiar las reparaciones con alta precisión. En pacientes de aproximadamente dos años que presentan secuelas definitivas, como contracturas o atrofia muscular, el enfoque quirúrgico se desplaza hacia procedimientos secundarios, tales como la transferencia muscular o tendinosa, donde se redirigen tendones funcionales para restaurar la capacidad de agarre. También se ha explorado el uso de la toxina botulínica (Botox) para mejorar la flexibilidad del hombro y permitir que los músculos más débiles se desarrollen.
La derivación temprana a centros multidisciplinares especializados es el factor determinante para optimizar los resultados en niños con parálisis braquial neonatal. El seguimiento a largo plazo debe incluir evaluaciones regulares del crecimiento del miembro y la adaptación funcional del niño. Un indicador clínico de buen pronóstico es la recuperación temprana de la flexión de la muñeca, lo que apunta a una lesión de tipo neuropraxia con alta probabilidad de resolución espontánea satisfactoria.