La tesis central de este nuevo enfoque es tan simple como profunda: la energía ha sido la dimensión ausente en la medicina moderna. La diferencia fundamental entre un cuerpo vivo y uno muerto no reside en sus componentes moleculares, sino en el flujo de energía que los atraviesa y organiza. Sin energía, el genoma es solo un repositorio inerte de información.

Para comprender este nuevo paradigma, es crucial redefinir conceptos básicos. La energía, más que una “cosa”, se define como “el potencial para el cambio”. Se manifiesta en múltiples formas y es la transformación entre ellas lo que constituye la vida. Desde esta perspectiva, la salud deja de ser un objeto estático para concebirse como un estado de campo dinámico, similar a un campo electromagnético, que emerge del flujo coherente de energía a través del cuerpo.

El cuerpo humano es una proeza de gestión energética; el potencial total contenido en las mitocondrias de una persona es asombroso, comparable a la energía de un rayo, y el organismo gestiona continuamente este poder para mantener la vida.

La visión tradicional de las mitocondrias como simples “centrales eléctricas” es drásticamente insuficiente. Son, en realidad, portales energéticos y centros de comunicación de una complejidad asombrosa. Su función principal es transformar la energía de los alimentos en un gradiente electroquímico inmaterial, cargándose como pequeñas baterías. Actuando como un “cerebro intracelular”, las mitocondrias reciben e integran miles de señales del entorno: hormonas, nutrientes, toxinas y hasta nuestros estados psicológicos. En respuesta, producen sus propias moléculas de señalización, las mitoquinas, para comunicarse con el resto del cuerpo, influyéndolo todo.

Para describir cómo se comporta la energía en los sistemas vivos, se ha propuesto una teoría fundamental; el principio de resistencia energética (ERP). Este principio postula que para que el flujo de energía se transforme en trabajo útil (vida), debe encontrar resistencia. Un flujo sin resistencia no produce transformación, de la misma manera que la energía del sol solo se convierte en fotosíntesis cuando es “frenada” por la resistencia de una hoja.

Se necesita una cantidad óptima de resistencia. Si hay demasiado poca resistencia, la energía se libera de forma incontrolada y caótica. Por el contrario, con demasiada resistencia, el sistema se “sobrecalienta”, generando estrés, calor, inflamación y daño. Esta es la base biofísica de la enfermedad y el envejecimiento. De hecho, todos los marcadores clásicos del envejecimiento pueden ser vistos como consecuencias de una resistencia energética crónicamente elevada.

Este marco energético no es meramente teórico, sino que abre la puerta a innovadoras aplicaciones clínicas. Si la enfermedad es un estado de alta resistencia, medirla se convierte en un objetivo diagnóstico crucial. El factor de crecimiento y diferenciación 15 (GDF15) ha emergido como un biomarcador directo del exceso de resistencia energética. Estudios a gran escala han revelado que el GDF15 es el mejor predictor para la mayoría de las enfermedades crónicas (diabetes, demencia, cáncer) y la mortalidad. El futuro del diagnóstico podría incluir un monitor continuo de GDF15 que nos permita ver en tiempo real el impacto de nuestro estilo de vida en nuestro estado energético.

El objetivo terapéutico, por tanto, no es eliminar la resistencia, sino gestionarla. La clave es la oscilación entre períodos de alta y baja resistencia, un concepto conocido como hormesis o estrés beneficioso. El ejercicio aumenta temporalmente la resistencia, forzando al sistema a adaptarse, mientras que el descanso y el sueño son períodos cruciales de baja resistencia donde ocurren la reparación y la curación. La conexión mente-mitocondria es fundamental aquí. El estrés crónico aumenta la resistencia, mientras que el optimismo la disminuye.

Aparece el concepto mitocepción o volverse consciente de la propia energía corporal, identificando qué nos da energía y qué nos la drena para optimizar nuestro flujo energético.