
En la práctica clínica, nos enfrentamos a cuadros complejos de ansiedad, depresión, aislamiento social o un persistente bajo rendimiento académico en niños y adultos que, paradójicamente, parecen tener un alto potencial. A menudo, estas luchas se atribuyen a múltiples factores, pero existe una condición de base, una forma de neurodivergencia, que es frecuentemente pasada por alto: la alta capacidad intelectual (AACC).
Lejos del estereotipo social del “superdotado” que triunfa sin esfuerzo, la alta capacidad es una realidad neurológica que implica un funcionamiento cerebral distinto.
Las cifras en España estiman que un 10% de la población tiene altas capacidades, en cambio el sistema de salud solo contempla un 0,64%.
Estudios de neuroimagen sugieren que los cerebros con AACC a menudo presentan una mayor integridad de la materia blanca y una mielinización superior. Esto permite una transmisión de impulsos nerviosos más rápida y eficiente. Es la base neurobiológica de la velocidad de procesamiento casi intuitiva y del “pensamiento arborescente”: un solo estímulo desencadena una ramificación masiva y veloz de ideas interconectadas. Ante tareas sencillas, su cerebro es más eficiente (usa menos recursos), pero ante la complejidad, es capaz de reclutar y coordinar redes neuronales muy distribuidas, especialmente en las cortezas prefrontal y parietal.
El sistema educativo valora el pensamiento convergente (hallar la única respuesta correcta). Sin embargo, las AACC se caracterizan por el pensamiento divergente: la capacidad de generar múltiples soluciones creativas. Neurológicamente, esto se asocia a una mayor activación del hemisferio derecho y una comunicación interhemisférica más fluida. Esto explica por qué se penaliza a niños que dan respuestas inesperadas pero lógicas, ya que su proceso mental no es secuencial.
Características comunes en el AACC:
- Psicomotor: Alta necesidad de actividad física, impulsividad verbal. A menudo mal diagnosticada como TDAH.
- Sensorial: Percepción intensificada de los estímulos (ruidos, luces, texturas, olores). Su cerebro filtra menos los estímulos sensoriales “irrelevantes”.
- Intelectual: Una necesidad voraz de analizar, comprender y resolver problemas. Es la “cabeza que no se calla”, que puede derivar en insomnios crónicos.
- Imaginativa: Vívida imaginación, facilidad para la visualización y el pensamiento metafórico.
- Emocional: Emociones de gran intensidad y complejidad. Un marcado y precoz sentido de la justicia, profunda empatía y un perfeccionismo autoexigente.
A pesar de su enorme potencial, las cifras oficiales del Ministerio de Educación en España muestran un 70% de bajo rendimiento y hasta un 50% de fracaso escolar dentro de este colectivo.
Un cerebro diseñado para la complejidad, sometido a un entorno lento y repetitivo, no solo se aburre: se deteriora emocionalmente. Esta falta de estímulo cognitivo es el caldo de cultivo para:
- Trastornos de ansiedad y depresión:Fruto de la frustración crónica, el perfeccionismo no gestionado y la sensación de no encajar.
- Aislamiento social:Especialmente agudo en la adolescencia, surge de la sensación de soledad e incomprensión. Perciben que “no ven el mundo como los demás”, y las conversaciones superficiales les resultan agotadoras.
- Problemas de conducta:A menudo son una manifestación de aburrimiento o de una necesidad no satisfecha de estímulo intelectual.
Recomendar una evaluación no es “etiquetar”, es proporcionar al paciente el manual de instrucciones de su propio cerebro.
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