El tromboembolismo venoso representa una de las emergencias cardiovasculares más críticas y frecuentes en el entorno hospitalario. Esta condición clínica engloba dos patologías que, aunque distintas en su presentación, forman parte de un mismo proceso fisiopatológico: la trombosis venosa profunda y su complicación más grave, el tromboembolismo pulmonar.

La base del desarrollo de esta enfermedad se encuentra en la tríada de Virchow, que describe tres factores determinantes para la formación de un coágulo. El primero es la estasis venosa, que ocurre cuando el flujo sanguíneo se ralentiza, algo común en pacientes en estado postoperatorio, personas encamadas o tras viajes de larga duración. El segundo factor es la lesión endotelial, causada por traumatismos, cirugías o la presencia de catéteres venosos centrales. Finalmente, la hipercoagulabilidad describe un estado donde la sangre tiene mayor tendencia a formar trombos, ya sea por causas genéticas como el factor V Leiden, o adquiridas como el cáncer, el embarazo y el uso de anticonceptivos orales.

La trombosis venosa profunda se clasifica según su ubicación anatómica. Las trombosis proximales afectan venas como la femoral o ilíaca y tienen un mayor riesgo de embolismo, mientras que las distales se limitan a venas de la pantorrilla como las tibiales. El cuadro clínico típico incluye dolor y edema unilateral, pudiendo presentar un signo de Homans positivo. Para el diagnóstico, la escala de Wells permite categorizar el riesgo del paciente. Ante una probabilidad baja o moderada, se solicita el dímero D; si este resulta elevado, o si el paciente presenta una probabilidad alta desde el inicio, se debe proceder a realizar una ecografía doppler para confirmar la obstrucción.

Cuando un coágulo se desprende y viaja hasta el corazón derecho, se produce un tromboembolismo pulmonar. El síntoma cardinal es la disnea súbita, frecuentemente asociada a taquicardia y taquipnea. El diagnóstico se apoya en escalas de probabilidad clínica como la de wells para TEP y la regla PERC. En el electrocardiograma, aunque la taquicardia sinusal es lo más frecuente, se puede observar el patrón de sobrecarga derecha S1Q3T3. El estándar de oro diagnóstico es la Angio-TC de tórax, mientras que la gammagrafía de ventilación-perfusión se reserva para casos con contraindicación al contraste.

La gravedad del cuadro determina el manejo terapéutico. El TEP masivo se define por la inestabilidad hemodinámica y requiere trombólisis o embolectomía. El TEP submasivo presenta estabilidad en la presión arterial pero con evidencia de disfunción del ventrículo derecho, mientras que el TEP de bajo riesgo carece de afectación cardíaca.

El abordaje terapéutico del Tromboembolismo Pulmonar (TEP) se sustenta principalmente en la anticoagulación, una estrategia diseñada para detener la progresión del trombo y minimizar el riesgo de nuevos episodios.

Es fundamental comprender que estos fármacos no disuelven el coágulo de forma directa, sino que facilitan que los mecanismos naturales del organismo (fibrinólisis endógena) actúen mientras se previene el crecimiento de la obstrucción.

La duración estándar del tratamiento es de al menos tres meses, aunque la decisión de extenderlo de forma indefinida depende de si el episodio fue provocado por un factor reversible —como una cirugía o inmovilización— o si fue idiopático, en cuyo caso el riesgo de recurrencia es superior. También se considera la anticoagulación a largo plazo en pacientes con neoplasia activatrombofilia o episodios previos de alto riesgo, siempre ponderando el balance con el riesgo hemorrágico.

Dentro de las opciones farmacológicas, las heparinas de bajo peso molecular (HBPM), como la enoxaparina o tinzaparina, destacan por su administración subcutánea y una farmacocinética predecible que evita la necesidad de monitorización constante. Estas son la opción predilecta durante el embarazo, ya que no atraviesan la placenta, y en muchos pacientes con cáncer. Sin embargo, su uso exige precaución y ajuste de dosis en casos de insuficiencia renal grave, donde el fármaco podría acumularse y aumentar el riesgo de sangrado.

Por otro lado, los anticoagulantes orales directos (ACODs) —rivaroxabán, apixabán, edoxabán y dabigatrán— han simplificado el manejo del TEP al ofrecer una administración oral cómoda sin requerir controles de INR. Fármacos como el rivaroxabán y el apixabán permiten el inicio del tratamiento sin necesidad de heparina previa en casos de riesgo bajo o intermedio.

Los estudios clínicos confirman que los ACODs mantienen una eficacia similar a los tratamientos tradicionales, pero con una mayor seguridad hemorrágica, reduciendo significativamente la incidencia de hemorragias intracraneales. Sus principales limitaciones se encuentran en el embarazo, la insuficiencia renal moderada-severa y ciertos tipos de tumores o síndromes de malabsorción.

Como alternativa mecánica cuando la medicación no es viable, existen los filtros de vena cava inferior (FVCI). Estos dispositivos se colocan mediante abordaje percutáneo para interceptar trombos antes de que lleguen a los pulmones, pero no tratan la enfermedad de base ni evitan la formación de nuevos coágulos. Su indicación principal es la contraindicación absoluta para la anticoagulación, como ante una hemorragia mayor activa o cirugía reciente, o en casos de TEP recurrente a pesar de un tratamiento farmacológico correcto.

En la práctica clínica actual, se prioriza el uso de filtros recuperables o temporales sobre los permanentes, con el fin de retirarlos en cuanto el riesgo hemorrágico disminuya y se pueda retomar la anticoagulación. Esta precaución es vital porque la permanencia prolongada del filtro puede aumentar paradójicamente el riesgo de trombosis venosa profunda.