El sarampión representa una de las enfermedades virales más contagiosas. Su número básico de reproducción (R0) de 12 a 18, lo que significa que una sola persona infectada puede transmitir el virus a casi una veintena de individuos susceptibles.

Esta patología, causada por un virus que se propaga mediante gotitas respiratorias suspendidas en el aire, puede permanecer activa en el ambiente hasta dos horas. Para comprender su impacto, es fundamental analizar su evolución clínica, la cual comienza con una fase prodrómica entre los días uno y tres. En este periodo, el paciente presenta fiebre alta acompañada de la tríada clásica tos, rinitis y conjuntivitis.

Alrededor del cuarto día, surge el signo patognomónico de la enfermedad conocido como manchas de Koplik, que son pequeñas lesiones blanco-azuladas sobre un fondo eritematoso en la mucosa bucal, específicamente frente a los molares. Este signo precede por uno o dos días al exantema o sarpullido maculopapular eritematoso, el cual aparece típicamente al quinto día. La progresión de este sarpullido es centrífuga, iniciándose detrás de las orejas y en la línea del cabello para extenderse hacia el rostro, el tronco, las extremidades y finalmente los pies. Una característica distintiva es que las lesiones se blanquean a la presión y tienden a coalescer en las áreas del rostro y el torso.

El periodo de contagio abarca desde cuatro días antes hasta cuatro días después de la aparición del sarpullido. En los hallazgos de laboratorio, suele observarse leucopenia con linfocitosis relativa. No obstante, el estándar de oro para el diagnóstico es la prueba de RT-PCR mediante un hisopado nasofaríngeo, que detecta el ARN viral incluso antes de la respuesta de anticuerpos. La serología para IgM también es útil, aunque estos anticuerpos pueden tardar hasta cinco días tras la aparición del exantema en ser detectables.

En cuanto a las complicaciones, estas afectan a cerca del 30% de los casos, siendo más severas en niños menores de cinco años o con desnutrición. La neumonía destaca como la complicación grave más frecuente y la principal causa de muerte.

También pueden ocurrir cuadros de crup (laringotraqueobronquitis) y otitis media, esta última con riesgo de pérdida auditiva permanente en uno de cada diez niños afectados. A nivel neurológico, la encefalitis aguda aparece en uno de cada mil casos, con una mortalidad del 15% y secuelas permanentes en una cuarta parte de los supervivientes. A largo plazo, existe el riesgo de la panencefalitis esclerosante subaguda, una complicación degenerativa fatal que surge entre siete y diez años después de la infección inicial.

Otras repercusiones graves incluyen la ceguera, debido a que el sarampión agota las reservas de vitamina A, provocando úlceras corneales. Asimismo, se ha identificado el fenómeno de la amnesia inmunológica, donde el virus elimina los anticuerpos contra otras enfermedades, dejando al niño vulnerable a diversas infecciones durante meses o años.

El tratamiento se centra en el cuidado de soporte, hidratación y nutrición. La Organización Mundial de la Salud recomienda la suplementación con vitamina A para todos los casos pediátricos, lo que puede reducir la mortalidad en un 50%. En casos de exposición, se puede recurrir a la profilaxis post-exposición con la vacuna dentro de las primeras 72 horas para mayores de doce meses, o inmunoglobulina dentro de los seis días para lactantes menores.

La prevención definitiva se logra mediante la vacuna MMR (Triple Viral). El esquema habitual consiste en dos dosis: la primera entre los 12 y 15 meses, y la segunda entre los 4 y 6 años. Es importante aclarar que la alergia al huevo no es una contraindicación, mientras que el embarazo y la inmunodeficiencia grave sí lo son, por tratarse de una vacuna de virus vivos atenuados.

Para garantizar la inmunidad de rebaño y evitar brotes, es imperativo mantener una cobertura de vacunación superior al 95% de la población. La falta de vacunación no solo pone en riesgo al individuo, sino que compromete a los grupos vulnerables que no pueden vacunarse, como bebés pequeños, pacientes con cáncer o personas con sistemas inmunitarios debilitados. La decisión de no vacunar ha provocado el resurgimiento de la enfermedad en regiones donde ya había sido eliminada, generando un alto costo humano y económico.

Con una efectividad del 97% tras dos dosis, la vacunación sigue siendo la herramienta más poderosa para proteger la salud pública y evitar las estadísticas fatales que indican que, incluso con medicina moderna, de uno a tres niños de cada mil morirán a causa de este virus.