La audiometría en pediatría requiere la interpretación técnica del trazado y la identificación de patrones que sugieran la etiología subyacente incluso antes de analizar el audiograma.

Para una correcta lectura, es fundamental situar los umbrales de audición normal entre los 0 y 20 dB. La clave diagnóstica principal reside en la presencia o ausencia del gap aire-óseo. Cuando la vía aérea muestra umbrales elevados pero la vía ósea se mantiene en rangos normales, con una diferencia superior a 15 dB, estamos ante una hipoacusia conductiva, lo que sitúa el problema en el oído externo o medio. Por el contrario, si ambas vías están elevadas y superpuestas, se trata de una pérdida neurosensorial, indicativa de un daño en la cóclea o en el nervio auditivo.

La gravedad del cuadro se mide según el desplazamiento de la vía aérea. Una pérdida entre 21 y 40 dB se considera leve, mientras que el rango de 41 a 70 dB define una hipoacusia moderada. Los casos más comprometidos se sitúan en la hipoacusia grave (71–90 dB) y la profunda (más de 90 dB). Como regla práctica en la evaluación, debe recordarse que la presencia de un gap siempre orienta hacia estructuras fuera de la cóclea, mientras que su ausencia señala directamente al sistema sensorial o neural.

El escenario más frecuente en la práctica diaria es el niño con sospecha de falta de atención, retraso en el habla o que utiliza dispositivos electrónicos a un volumen excesivo. En estos casos, una otoscopia que revele una membrana retraída, opaca o con niveles hidroaéreos confirma una otitis media con efusión (OME). Esta condición bloquea la transmisión mecánica del sonido y es la causa principal de hipoacusia adquirida en la infancia. Existe un criterio quirúrgico claro para la derivación: si la efusión bilateral persiste por más de 3 o 4 meses, se documenta un timpanograma plano y existe una pérdida igual o superior a 30 dB, está indicada la inserción de tubos de timpanostomía. Es importante destacar que los antibióticos no tienen indicación en la efusión crónica no infecciosa.

Otro perfil relevante es el del paciente UCI de neonatal. La exposición a fármacos como la gentamicina en combinación con la furosemida genera un efecto sinérgico que eleva drásticamente el riesgo de ototoxicidad, provocando un daño permanente en las células ciliadas. Por esta razón, todo niño con este antecedente requiere un seguimiento auditivo formal, incluso si superó el tamiz neonatal inicial de forma satisfactoria. En casos de malformaciones congénitas como la microtia o atresia, el hallazgo esperado es una hipoacusia conductiva unilateral, lo que obliga a descartar síndromes asociados como Treacher Collins, Goldenhar o CHARGE.

En la población adolescente, el patrón clínico ha virado hacia el trauma acústico derivado del uso inadecuado de auriculares. El signo característico en el audiograma es una muesca en los 4.000 Hz con una recuperación posterior en los 8.000 Hz. Para estos pacientes, la herramienta preventiva más eficaz es la regla 60/60, que limita el uso de auriculares a un máximo del 60% del volumen durante no más de 60 minutos al día.

Finalmente, es imperativo identificar la única urgencia otológica real: la hipoacusia neurosensorial súbita. Este cuadro se presenta como una pérdida unilateral severa, frecuentemente post-viral y en ocasiones acompañada de vértigo. El manejo requiere una referencia inmediata para iniciar corticosteroides sistémicos, idealmente antes de que transcurran 72 horas desde el inicio de los síntomas. Una respuesta insuficiente al tratamiento obliga a realizar una resonancia magnética para descartar patologías retrococleares.

La detección temprana y la correcta clasificación del tipo de pérdida auditiva son determinantes para el pronóstico y el desarrollo integral del lenguaje en el paciente pediátrico.