
El síndrome de Kearns-Sayre es un trastorno mitocondrial raro y multisistémico con gran variabilidad clínica.
Para identificar esta patología, el paciente debe cumplir tres criterios diagnósticos antes de los veinte años de edad. El primer pilar es la oftalmoplejía externa progresiva crónica, caracterizada por una caída de los párpados bilateral y una limitación progresiva de los movimientos oculares. El segundo criterio es la retinopatía pigmentaria, descrita clásicamente por su apariencia de sal y pimienta en el examen de fondo de ojo. El tercer factor es el inicio temprano, manifestándose siempre antes de la segunda década de vida.
Además de esta tríada, el diagnóstico clínico requiere la presencia de al menos uno de los siguientes hallazgos: bloqueo cardíaco o defectos de conducción, ataxia cerebelosa o niveles de proteínas en el líquido cefalorraquídeo superiores a cien miligramos por decilitro.
Los pacientes suelen adoptar una postura compensatoria de mentón elevado para mitigar la caída de los párpados y la limitación de la mirada superior. Es fundamental realizar el diagnóstico diferencial con la miastenia gravis; a diferencia de esta, en el síndrome de Kearns-Sayre la debilidad muscular ocular es simétrica, de progresión lenta y no fluctúa con el cansancio ni mejora con el reposo, razón por la cual la visión doble es poco frecuente.
Un dato relevante sobre el pronóstico visual es que, a pesar de la marcada retinopatía, la agudeza visual suele mantenerse relativamente conservada durante las primeras etapas, pudiendo presentar valores de veinte sobre cuarenta y deteriorándose de forma muy lenta tras décadas de evolución.
Esta enfermedad no suele ser hereditaria, sino que surge de deleciones esporádicas a gran escala del ácido desoxirribonucleico mitocondrial. Un concepto vital es el de la heteroplasmia, que define la coexistencia de material genético mutado y sano en un mismo individuo. Esto genera el efecto umbral, donde los síntomas aparecen solo cuando la carga de mutación supera un límite específico en tejidos de alta demanda energética como el músculo, la retina y el corazón.
Como nota diagnóstica esencial, debido a que el material genético mutado se distribuye de forma desigual, un análisis de sangre puede dar un resultado falso negativo. Por ello, la biopsia de músculo sigue siendo el estándar de oro, ya que suele presentar cargas de mutación mucho más altas, cercanas al 75%, frente al 15% que podría encontrarse en sangre.
Actualmente no existe una terapia modificadora de la enfermedad, por lo que el manejo es de soporte y multidisciplinar. En el ámbito de las manifestaciones cardíacas, el tratamiento del bloqueo atrioventricular puede requerir un marcapasos, aunque estudios recientes sugieren que el uso de desfibriladores cardioversores implantables es preferible para prevenir la muerte súbita por arritmias ventriculares.
En el área oftalmológica, se emplea la cirugía palpebral para la ptosis y, en casos de retinopatía proliferativa, se ha reportado el uso experimental de terapias contra el factor de crecimiento endotelial vascular. El soporte metabólico incluye el uso empírico de la coenzima Q10, L-carnitina y complejos de vitamina B. Además, es necesario el control por endocrinología para vigilar la diabetes o el hipoparatiroidismo, por neurología para manejar la ataxia o posibles crisis epilépticas, y por audiología ante la posible hipoacusia neurosensorial.
El panorama terapéutico está cambiando con la llegada de la terapia de aumentación mitocondrial. El fármaco experimental denominado MNV-201 ha mostrado resultados preliminares esperanzadores en ensayos de uso compasivo presentados en dos mil veinticinco, utilizando células madre del paciente enriquecidas con mitocondrias sanas de la madre.
Por otro lado, la edición génica mediante la tecnología de edición de calidad mitocondrial se encuentra en fase preclínica, buscando corregir la carga de mutación directamente en el ácido desoxirribonucleico. También se investiga el uso de células madre pluripotentes inducidas como fuente de reemplazo celular. Se han identificado nuevos mecanismos moleculares como la sobreproducción de especies reactivas de oxígeno y la autofagia alterada, que abren la puerta a futuras dianas terapéuticas para frenar la neurodegeneración y la pérdida de mielina.
En conclusión, el síndrome de Kearns-Sayre exige un alto índice de sospecha ante un paciente joven con caída de párpados y problemas de conducción cardíaca, siendo la vigilancia activa la clave para prevenir complicaciones fatales.