La parálisis de Erb-Duchenne representa una de las lesiones del plexo braquial más prevalentes en el periodo neonatal.

Se origina por la parálisis de los nervios cervicales C5 y C6, que conforman la parte superior del plexo braquial, generalmente como resultado de una distensión o rotura traumática durante partos dificultosos.

El daño puede presentarse como una neuropraxia, definida como un bloqueo temporal de la conducción con excelente capacidad de recuperación, o evolucionar hacia formas más severas como la axonotmesis o la neurotmesis, donde existe una interrupción parcial o total de la estructura nerviosa.

El reconocimiento clínico es la posición de punta de camarero, una postura donde el miembro afectado se mantiene en aducción y rotación interna, con el codo extendido y la muñeca flexionada. Un signo patognomónico para diferenciar este cuadro de una lesión total del plexo es la preservación de la función de los músculos intrínsecos de la mano, ya que estos dependen de la raíz T1, que habitualmente no está comprometida.

Durante la exploración física, se debe evaluar la respuesta asimétrica en el reflejo de Moro y descartar complicaciones críticas como la parálisis del hemidiafragma por lesión del nervio frénico, que requeriría soporte ventilatorio inmediato, además de identificar posibles fracturas de clavícula o húmero mediante radiografías.

La diabetes gestacional materna es el principal factor predisponente debido a su vínculo con la macrosomía fetal, lo que incrementa drásticamente las probabilidades de una distocia de hombros. La prevención más efectiva reside en el entrenamiento del equipo obstétrico en maniobras de rescate, como la maniobra de McRoberts, diseñadas para minimizar la tracción excesiva sobre el cuello del neonato durante el expulsivo.

Una vez establecido el diagnóstico, el cual puede confirmarse mediante Resonancia Magnética y estudios de conducción nerviosa, se debe iniciar un plan de acción inmediato.

El tratamiento conservador de primera línea es la fisioterapia diaria, que debe comenzar de forma ideal en las primeras cuatro semanas de vida. El objetivo principal es mantener la amplitud de movimiento, fortalecer la musculatura y evitar contracturas permanentes.

En este proceso, la intervención de los terapeutas ocupacionales es crucial para involucrar a los padres en ejercicios de rehabilitación que eviten la rigidez en mano, muñeca, codo y hombro. Complementariamente, se utilizan férulas y técnicas de posicionamiento para asegurar que el brazo se mantenga en una postura funcional. Es imperativo recordar que la inmovilización prolongada está contraindicada, dado que acelera la atrofia muscular y el daño articular.

En casos seleccionados, el uso de la toxina botulínica (Botox) ha emergido como una herramienta eficaz para mejorar la flexibilidad del hombro. Al paralizar temporalmente los músculos antagonistas funcionales, se facilita que los músculos más débiles se desarrollen y asuman carga de trabajo, mejorando significativamente el rango de movimiento del codo y el hombro. Paralelamente, las investigaciones más recientes como el kinesiotaping (vendaje neuromuscular) combinado con terapia de movimiento inducida por restricción modificada (m-CIMT), la terapia de observación de la acción, y la estimulación eléctrica funcional (FES) dirigida a la rotación externa del hombro.

Otras áreas en fase de investigación preliminar incluyen el uso de células madre y los beneficios de la hidroterapia, donde el entorno acuático facilita la movilidad y el fortalecimiento mediante la resistencia del agua.

Cuando no se observa una mejoría clínica significativa entre los 3 y 6 meses de edad, especialmente en la función del bíceps braquial, se debe considerar la intervención quirúrgica. Los procedimientos principales incluyen el injerto nervioso, mediante el empalme de un nervio donante en la zona de rotura, y la transferencia nerviosa, donde se redirige un nervio de un músculo diferente para restaurar la señal.

Debido a la lenta regeneración nerviosa, los resultados pueden tardar meses o incluso años en manifestarse. En estadios más avanzados o niños mayores, se recurre a la reparación muscular mediante transferencia de tendones o músculo para compensar los déficits residuales.

El pronóstico de la parálisis de Erb depende estrictamente de la gravedad de la lesión inicial y de la precocidad del tratamiento. Aunque entre el 70% y el 90% de los lactantes muestran una recuperación espontánea, la mayoría de los casos graves conservan alguna secuela.

Sin un manejo adecuado, el riesgo de desarrollar una displasia gleno-humeral (deformidad ósea del hombro) es elevado. Por ello, el algoritmo terapéutico actual dicta una progresión que va desde la fisioterapia y el posicionamiento en el primer mes, pasando por la evaluación quirúrgica a los 6 meses si no hay éxito, hasta una evaluación anual multidisciplinaria, garantizando la mayor funcionalidad y calidad de vida hasta la edad adulta.